El aula parecía un gallinero, el género femenino alborotaba mucho más, no porque fuesen más ruidosas sino porque eran muchas más. Hablaban de ropas, maquillajes, perfumes y también de chicos, cómo no...
Los de la clase eran compañeros de estudios y no triunfaron en el lugar, ninguno se comió ni una rosca, aunque se les iban los ojos por aquellas compañeras jovencitas y minifalderas.
La puerta se abrió de sopetón y entró el maestro, un hombre ya jubilado y qué tenía un extra bastante apetecible para agregarlo a su pensión.
-¡Silencio, empieza la clase!
Tod@s callaron con aquel vozarrón y la cara de mala leche.
A medida qué pasaron los minutos alguien pedía permiso para ir al baño, prácticamente tod@s a lo largo de la tarde-noche lo visitaban.
Era el baño familiar y todo hay que decirlo estaba pulcro cómo el que más.
Allí Julita tenía sus cremas, maquillajes y perfumes y me apuesto a qué todas en algún momento habían hurgado en sus cosas.
Las más atrevidas salían con los morros pintados y queriendo disimular, otras no habían podido resistirse a ponerse unas gotitas de su perfume.
Y al salir del baño raro el día qué no se tropezasen por la casa con la susodicha Julita, qué tenía un mosqueo de mil demonios.
Y por hoy no hay más.
Autora Verónica O.M
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