Bonita imagen de Internet
La vida de Marthina era de lo más aburrida. Eso era lo qué su familia pensaba, pero nada más lejos de la realidad.
Paseaba por la gran ciudad a diario. En ocasiones se sentaba en alguna terraza y tomaba un refresco. Observaba a las personas qué caminaban. Con su ojo clínico era capaz de acertar qué problemas les perturbaban.
Su cola con hielo descansaba en la pequeña y redonda mesa, y a pequeños y lentos sorbos el refresco iba desapareciendo del vaso de tubo.
Observó cómo un niño pequeño echaba a correr y al parecer iba a cruzar la carretera qué con el semáforo abierto no paraban de transitar coches. Pegó un brinco y fué tras él cogiéndole del brazo. Si hubiese tardado un segundo más el atropello del niño hubiese sido inevitable.
Escuchó detrás de ella cómo un hombre un tanto histérico pronunciaba al parecer el nombre del niño.
-Lucas, ¿porqué te has escapado? ¿estás tonto o qué? te voy a pegar una zurra qué no te van a quedar más ganas de hacerlo otra vez.
Marthina le dejó desahogarse. Era comprensible qué el pobre hombre se había llevado un susto mayúsculo.
Él, ya había reparado en ella y abochornado tuvo que pedir disculpas.
-¡Lo siento¡ me llamo Daniel y este gamberrete es mi sobrino Lucas.
Y bla, bla, bla...
Los tres tomaron asiento dónde anteriormente estaba tomando su refresco ella sola.
Y el camarero qué había observado todo los miró y sonrió. Entró en el establecimiento dónde otros clientes esperaban para ser atendidos. Y pensó qué menuda suerte tenía aquel gachón de estar con semejante mujer.
Autora Verónica O.M.